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¡QUE SE VAYA A LA MIERDA…! / Mercedes Jarrín Molina

¡QUE SE VAYA A LA MIERDA…! / Mercedes Jarrín Molina

 

Como si fuera tan simple como pensar ¿qué comeré mañana? o ¿será que hoy llueve? Algo así piensan ciertas personas que significa perdonar; cuando en realidad el perdón es una cuestión de vida o muerte. Sí, sí y mil veces sí, es cuestión de vida o muerte, cuando se toma la decisión de perdonar a esa persona que hirió tus sentimientos, que hizo que tu corazón se rompiera en mil pedacitos y piensas que ya jamás vas a poder unirlos nuevamente, ¿perdonarlo? ¿perdonarla? ¡Yo paso!, y saben ¿por qué? Porque creo firmemente que cuando te la hacen la primera vez, te la van a volver hacer y tu corazón se acostumbrará a que lo rompan, lo parchas, lo rompan, lo parchas, lo rompan, lo parchas; nunca quedará igual por más que te empeñes en realizar un zurcido perfecto.

Con seguridad, Guillermo Garzón Ubidia sabía de penas de amor cuando escribió el San Juanito ecuatoriano “Pobre corazón”, dejó de herencia a esos amantes abandonados un suspiro profundo, una canción que vaya al compás de su dolor …“pobre corazón entristecido, ya no puedo más soportar, ya no puedo más soportar”. ¡Qué manera de cantarlo a todo pulmón! y si a este escenario se suma otros elementos como, ciertas bebidas espirituosas ingeridas y en cantidades que ya no llevas cuenta, las cuerdas bucales se unen al dolor sacando los agudos y graves, nunca antes escuchados y claro, la vergüenza la perdiste luego del sexto trago, no te importa que los vecinos te vean al siguiente día con mala cara y no sólo porque son feos los pobres, ¡no los dejaste dormir! Tuvieron que escuchar una serenata desentonada y saben ya todo lo que te hizo el innombrable.

Varias son las estrategias para mitigar el dolor de un corazón roto, sensaciones fuertes te acompañan y no te dejan sin importar que salga o se oculte el sol, te carcome las fibras más íntimas, tiene sabor a frustración, muy dentro de ti sabías, que no debiste perdonar, sabías que te la volvería hacer, pero fuiste débil, te dejaste llevar por sus cálidas manos que inteligentemente tocan tu cuerpo, saben dónde y cómo, la presión perfecta para que tú te deshagas, convirtiéndote en un alfajor; ya destruido y viéndote sin armas, sucumbes una vez más a ese olor que te hipnotiza y ejerce un efecto de declararte una verdadera estúpida o estúpido, según sea el caso del individuo que por obra de magia se olvida de las noches eternas de lágrimas amargas, de dar miles de vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, preguntándote qué hiciste mal, por qué no te ama, de las mil y un conversaciones con tus amigos, conocidos, vecinos, hasta el señor taxista te lo advirtió: “no vale la pena, usted se merece algo mejor”.

“Tropezar dos veces con la misma piedra”, al parecer es una práctica constante en los seres humanos, pensar ingenuamente que no se cumple eso de: “Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza”; queremos a la fuerza recuperar ese amor que ya hace mucho tiempo nos abandonó, pero claro, nuestro terco orgullo no nos deja pasar de página y nos quedamos ahí con tachones, borrones, pero ahí, pasando tragos amargos de soledad y desamor; hasta que llega un día en que te levantas y decides darte de alta, estás curado, ya no duele y, ahora sí, con sublime reverencia decirte a ti mismo en el espejo de tu baño, en voz alta y erguido: -“Es verdad, me merezco algo mejor… ¡que se vaya a la mierda!.

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